Pese a la gran tempestad que cercó al Brexit en los últimos meses, finalmente logró tocar tierra, al menos de momento.

«Reino Unido es un país serio», proclamó Theresa May ante la cumbre europea del miércoles en Bruselas en la que solicitó un segundo aplazamiento del Brexit, según relatan fuentes comunitarias presentes en un encuentro que se prolongó desde las 18:00 horas (tiempo local) del 10 de abril hasta las 2:00 del día siguiente.

El pacto llegó y el divorcio se aplazará por segunda vez del 12 de abril al 31 de octubre.

Pero la cita dejó en la retina de los líderes europeos la sorprendente imagen de una Primera Ministra británica teniendo que defender la reputación de un país de la envergadura histórica del Reino Unido.

Aunque los 27 socios de la UE acudieron a la cumbre resignados ante la necesidad de una segunda prórroga para evitar una ruptura brutal, también quedó claro desde el principio que para algunos socios, Francia en particular, la pesadilla de la salida británica empieza a resultar insoportable.

La víspera del encuentro, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, planteó una fórmula para aislar al Reino Unido, en caso necesario, a través de un marco informal de funcionamiento entre los 27 socios para poder negociar y pactar sin presencia británica.

Ya en la cumbre, quedaba pendiente resolver el día, mes y año de la próxima fecha del Brexit.

Todo avanzaba casi a buen ritmo. Salvo con Macron. El líder galo volvía a dar la batalla. Advertía que no secundaría ninguna estrategia que pretendiera «atrapar» a Reino Unido en un divorcio interminable. Y alertaba contra el riesgo de parálisis de un club dominado por este proceso.

Entonces, el equipo de Juncker se encargó de señalar que los servicios jurídicos de las instituciones recordarán que la cooperación leal ya es una obligación según los Tratados de la UE. Y que en caso de que un país la incumpla, Bruselas podría iniciar procedimientos disciplinarios.

Con ello, el presidente de la Comisión ganó el apoyo de una amplia mayoría de los socios, entre ellos, la Canciller alemana, Angela Merkel. Pero Francia se rehusaba.

La Primera Ministra británica, por su parte, no tenía de otra. Ya había dejado claro desde el principio que aceptaría casi cualquier oferta con tal de tener una nueva oportunidad.

Ya sólo quedaba resolver la fecha. Tras deambular entre varias opciones, finalmente quedó el 31 de octubre, siete meses después de la fecha original del 29 de marzo.

El francés, derrotado, se marchó tan convencido como los demás de que la prórroga no hace más que prolongar una tortuosa relación con un país que genera una creciente desconfianza.

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